Madrid, 23 de septiembre de 2026

Un vídeo puede durar apenas unos segundos; un entrenamiento necesita semanas. En una pantalla basta con deslizar el dedo cuando algo deja de interesar. En el deporte, sin embargo, no existe un botón para saltarse el cansancio, evitar la repetición o acelerar el resultado. 

Esa diferencia aparentemente sencilla encierra uno de los grandes desafíos educativos de la infancia y la adolescencia actuales: aprender a permanecer cuando desaparece la novedad y la recompensa tarda en llegar. 

Con motivo de la Semana Europea del Deporte, que se celebra del 23 al 30 de septiembre, Everest School propone ampliar la conversación sobre la actividad física. Practicar deporte no es únicamente moverse más o combatir el sedentarismo: es también aprender a esperar, repetir, equivocarse, aceptar un límite y volver a intentarlo. 

La iniciativa europea llega después de que España registrara en 2025 un máximo de 1.367 actividades y 660.380 participantes. La edición de este año vuelve a invitar a personas de todas las edades y capacidades a encontrar su propia manera de mantenerse activas. 

El cuerpo no tiene botón de “siguiente” 

El debate resulta especialmente relevante en una generación que crece rodeada de contenidos breves, notificaciones y estímulos que compiten permanentemente por su atención. El problema no está en la tecnología en sí misma, sino en el riesgo de que la lógica de la inmediatez termine colonizando otros ámbitos de la vida: el estudio, las relaciones personales, la lectura o la forma de afrontar una dificultad. 

El deporte introduce un ritmo distinto. Para correr más rápido, mejorar un lanzamiento, aprender una técnica o entenderse con un equipo no basta con desear el resultado. Es necesario sostener un proceso. 

“El deporte ofrece una experiencia que escasea en muchos entornos digitales: permanecer en una misma tarea incluso cuando aparece el cansancio, el aburrimiento o la frustración. Cuando un alumno comprende que mejorar exige repetir, descansar y volver a empezar, está entrenando mucho más que su cuerpo.”  Laura García, Coordinadora de Deportes de Everest School 

La Organización Mundial de la Salud recomienda que los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años realicen una media de al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada o intensa. Sin embargo, alrededor del 80% de los adolescentes del mundo no alcanza los niveles recomendados. La OMS relaciona la actividad física en estas edades no solo con una mejor salud física, sino también con beneficios en el desarrollo cognitivo y la salud mental. 

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025, centrada en adolescentes, observó que las intervenciones de ejercicio físico se asociaban con mejoras significativas en capacidades como la atención, la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad cognitiva. Los autores subrayan especialmente el efecto del ejercicio aeróbico. 

No se trata, sin embargo, de presentar el deporte como una solución automática ni de enfrentar el movimiento con la tecnología. El valor educativo aparece cuando la práctica física está acompañada, tiene continuidad y ayuda al alumno a comprender lo que está viviendo. 

La recompensa aplazada 

En buena parte de la experiencia digital, cada gesto recibe una respuesta inmediata: aparece otra imagen, otro vídeo o una nueva notificación. En el deporte, el resultado suele llegar mucho después del esfuerzo. 

Esa distancia entre lo que se hace hoy y lo que se consigue mañana permite entrenar una capacidad decisiva para la vida académica y personal: aplazar la recompensa. 

Cuando el esfuerzo deja de ser una decisión individual 

El deporte de equipo incorpora, además, una dimensión que una actividad individual y fragmentada difícilmente puede reproducir: las decisiones propias afectan a los demás. 

Llegar tarde, desconectarse, no escuchar una indicación o abandonar cuando el partido se complica no es únicamente una elección personal. Tiene consecuencias para el equipo. 

“En un equipo, la constancia deja de ser un asunto privado. El alumno descubre que otros cuentan con él. Aprende que su esfuerzo, su atención y su actitud pueden ayudar o perjudicar al compañero. Esa responsabilidad compartida es una de las grandes escuelas de madurez que ofrece el deporte.” Laura García, Coordinadora de Deportes de Everest School

En este contexto, el objetivo del deporte escolar no debería ser fabricar campeones, sino ofrecer experiencias en las que cada alumno pueda conocerse, aceptar sus límites y superarse sin caer en el perfeccionismo. 

Everest School celebra veinte ediciones de su Cross 

La reflexión coincide con el refuerzo de las instalaciones deportivas de Everest School, que este curso ha estrenado un polideportivo renovado. El centro dispone de más de 20.000 metros cuadrados para actividades educativas y extraescolares, con disciplinas como fútbol, baloncesto, atletismo, voleibol, natación, pádel, judo o ballet, entre otras. 

El próximo 3 de octubre, el colegio celebrará el XX Cross Everest, una carrera familiar que se ha convertido en uno de sus principales encuentros deportivos y comunitarios. La edición anterior reunió a más de 800 participantes y vinculó la actividad física con una causa solidaria a favor de la Fundación Aladina. 

La carrera permite materializar una idea central del proyecto educativo: el deporte puede ser, simultáneamente, ejercicio físico, convivencia, esfuerzo personal, encuentro entre generaciones y servicio a los demás. 

Tres condiciones para que el deporte eduque 

Desde Everest School señalan que la actividad física no es educativa por el mero hecho de figurar en un horario. Para que realmente contribuya al crecimiento del alumno, debe cumplir tres condiciones: 

– Dar más importancia al proceso que al resultado. La clasificación puede motivar, pero no debería ocultar avances menos visibles como la constancia, la técnica, la cooperación o el autocontrol.

– Acompañar sin sustituir. El adulto debe sostener, orientar y exigir, pero sin convertir la competición infantil en una proyección de sus propias expectativas.

– Mantener la continuidad. Una actividad intensa y esporádica difícilmente crea un hábito. La educación de la voluntad se construye en la repetición ordinaria. 

“Necesitamos que los alumnos comprendan que cansarse no significa fracasar y que equivocarse no significa no servir para algo. El deporte les permite experimentar que un límite no siempre es una barrera: muchas veces es el punto desde el que comienza el crecimiento.” Laura García, Coordinadora de Deportes de Everest School